Lengua Madre. Una raíz ancestral que dio forma a nuestro mundo, de Laura Spinney. Ciencia y Lengua, un elixir frente al nacionalismo.

 

Escritora y periodista especializada en ciencia (The Guardian, National Geographic, The Atlantic y The Economist...), premiada y considerada una eminencia en su campo, Laura Spinney en este Lengua Madre (Ed. Crítica, traducción de Yolanda Fontal) viene a traernos una historia de la humanidad a través del lenguaje, una forma esencial para comprenderla muy alejada en tiempo, forma y fondo de las habituales que la explican a través de Estados-Nación, los individuos, las fechas… siempre subjetivas en función de su finalidad. En este caso estamos ante un viaje esencialmente científico.

El estudio de un elemento como la lengua corre el riesgo de caer en la tentación Ilustrada de, por decirlo de forma extrema y quizá exagerada, de sustituir el mito bíblico anterior por el nacionalista y de ahí caer en el delirio de este de buscar una raíz ancestral que dé forma a nuestro mundo.

Este libro justamente es perfecto para entender no existió nunca la cuna mítica que todo nacionalismo busca.

Las primeras lenguas humanas eran habladas, hoy nos parecerían muy rudimentarias, carecían de orden, adjetivos, sintaxis básica, no pasaban de referirse al aquí y ahora accesible por los sentidos… obviamente no podían contar historias.

Las hablaban cazadores-recolectores que vagaban en grupos pequeños y encontraban pareja fuera de estos y así sus hijos crecían con diferentes lenguas de las que escogían las palabras que mejor les venían. Cuando los humanos salieron de África hace setenta mil años probablemente se comunicaban hablando.

En vísperas de la revolución agrícola la población humana rondaría los diez millones de personas y quizá se hablaban diez mil lenguas. Gracias al crecimiento que generó la agricultura, las comunidades crecieron y sus lenguas con ellos. Surgieron dialectos y, con el tiempo, algunos se convirtieron en lenguas por derecho propio.

Será en el Neolítico, el periodo humano en el que se han hablado más leguas, se podría haber alcanzado hasta las quince mil de distribución nada uniforme, moldeable y adaptada al espacio público.

Tras este apogeo lingüístico, llegará junto con la aparición de la figura estatal el declive.

La decadencia empezó con la formación de los primeros Estados hará unos cinco mil años con Sumer en Mesopotamia, las lenguas en aquellas organizaciones crecieron con sus administraciones y se expandieron en detrimento de lenguas más pequeñas que desaparecieron.

“Hoy en día, ocho mil millones de seres humanos hablan unas siete mil lenguas clasificadas en unas ciento cuarenta familias, aunque la mayoría de nosotros hablamos idiomas que pertenecen a solo cinco de ellas: la indoeuropea, la sino-tibetana, la nigerocongolesa, la afroasiática y la austronesia. De estas cinco, destacan dos gigantes: la indoeuropea, cuyo principal representante es el inglés, y la sino-tibetana, que incluye el chino mandarín. El mandarín tiene más hablantes nativos que el inglés, pero la familia indoeuropea posee más que la sino-tibetana. Si se incluye a los hablantes de una segunda lengua o de idiomas posteriores, la indoeuropea es, con diferencia, la mayor familia lingüística que haya conocido jamás el mundo, lo que sigue siendo cierto si se mide por su distribución geográfica. Casi una de cada dos personas del planeta habla indoeuropeo.”

El alfabeto sólo se inventó una vez en torno a Egipto y se copió y modificó simultáneamente. Lo trascendente es que es un sistema de escritura determinado que puede codificar diferentes lenguas, mientras que una lengua determinada puede escribirse en varios alfabetos.

Todas las lenguas se remontan a las primeras, al igual que todas las especies se remontan a los primeros organismos vivos. En ese sentido, todas las lenguas son igual de antiguas, hablamos fósiles vivientes que además de herramientas, son monumentos de nuestro pasado.

El sánscrito, el griego, el latín, el nórdico y el inglés descienden todos ellos de una lengua más antigua, el protoindoeuropeo, de “proto”, que significa “primero”, e“indoeuropeo”, la familia a la que pertenecen esas lenguas. Los hablantes de protoindoeuropeo, que al principio podrían haber sido solo unas pocas decenas, vivieron entre Europa y Asia, en la región del mar Negro (…) Hace unos 5.000 años, su lengua se expandió fuera de su cuna en el mar Negro hacia el este y el oeste, y se fragmentó durante el proceso. Al cabo de mil años, se podía oír a sus descendientes desde Irlanda hasta India. El big bang de las lenguas indoeuropeas es sin duda el acontecimiento más importante de los cinco últimos milenios en el Viejo Mundo”

Los lingüistas históricos estudiando los cambios de las lenguas con el paso del tiempo, acabarían distinguiendo doce ramas principales en la familia de las lenguas indoeuropeas: anatolia, tocaria, griega, armenia, albanesa, itálica, celta, germánica, eslava, báltica, índica e irania.

Una reflexión a tomar en cuenta en un libro que quien me ha seguido en esta reseña hasta aquí ya se habrá dado cuenta que es de convicción profundamente científica y claramente corrosiva para los integrismos ideológicos y nacionales que hoy desgraciadamente vuelven a estar en auge, pero incluso en su campo es original por “enfrentar” racionalmente la tarea de lingüista, el arqueólogo y el genetista. Los primeros piensan en términos de diferentes culturas y los patrones que definen las identidades de grupo. Así las culturas surgen y desaparecen, pero los genes siguen circulando; y los genetistas tienen un concepto diferente de la identidad. Pero las lenguas tienen otra dinámica diferente por cambiar tanto por descendencia como por contacto.

La migración se considera un importante motor, si no el principal, del cambio lingüístico, ya que crea una separación entre los dialectos y los pone en contacto con lenguas diferentes. En muchos continentes existe una correlación entre las rutas migratorias prehistóricas y la ramificación de los árboles genealógicos de las lenguas. Existen numerosas excepciones a estas reglas, aunque solo sea porque los genes y las lenguas se transmiten de forma diferente.

Muy brevemente porque no es el objeto de esta reseña y para ello el lector de este extraordinario Lengua Madre debe recurrir al propio libro, pero el entramado puramente de la evolución lingüística lo realiza Laura Spinney en ocho capítulos que comienzan en el Mar Negro y cómo queda su mundo tras derretirse el hielo, donde empezó todo para las lenguas indoeuropeas. Tratará casos particulares como el anatolio, pero viajará por el Viejo Mundo desde la prehistoria hasta hoy tratando sus diferentes ramificaciones dentro y fuera de él.

La edición de Crítica excelente, traducción de Yolanda Fontal, incluye diagramas (ver abajo) de los que me he permitido capturar el que más puede aportar en cuanto a las ramificaciones del Indoeuropeo.

Estamos ante un libro esencial en una materia que requiere puesta al día constante al hilo del avance científico y sus descubrimientos frente al mito y la ignorancia que en las lenguas encuentra siempre un arma de división y de manipulación de las identidades.

En los 15 años de vida de este blog y sus cientos de artículos y reseñas de libros podrán encontrar todos estos temas tratados desde diversos puntos de vista.

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