Un régimen contrarrevolucionario en Irán cambiaría Oriente Medio tanto como la caída del Muro de Berlín cambió Europa La frase es de Robert Kaplan en su excelente El telar del tiempo (2023).
Quizá
hoy pueda resultar exagerada, en aquel momento Irán controlaba lo que se llamó desde
Occidente el Eje de la resistencia, era una potencia regional de
primerísimo orden que controlaba Siria, Hamás, Hizbulá (Líbano), los hutíes de
Yemen y grupos armados en Irak. Lo hacía compitiendo con Israel o las
monarquías árabes entre otros, aunque hoy con mucha de esa estructura destruida
o neutralizada es un Estado aislado en riesgo de colapso de régimen.
Lo
que hoy llamamos Irán tiene su identidad a partir del siglo XVI tras la
introducción del chiísmo por los Safávidas, antes y tras muchísimos cambios
podía haberse asociado con el Imperio Persa y su carácter cosmopolita que le
dota su variedad cultural, humana y geográfica, en el oeste de Asia limita con
el mar Caspio, el golfo Pérsico y el golfo de Omán gozando de fronteras
sostenibles donde es clave la división de chiíes y suníes. Esta identidad que
los safávidas habían dado carácter de estatal siglos antes de la aparición del
Estado Moderno es la que adopta el régimen revolucionario del ayatolá Ruhollah
Musavi Jomeiní tras la Revolución Iraní (1978-1979). Y lo hace frente al
Estado pro Occidental del sah Mohamed Reza Pahlevi, el último de la dinastía que
iniciara el oficial de la Brigada Cosaca Persa, Reza Kan, en 1925 acabando con
la dinastía turca Kayar (que antes había intentado ensayar modelos
constitucionales fallidos). Ya como Reza Kan Sha, se inspiró en la Turquía
laica de Mustafá Kemal Atatürk para presentarse en el mundo con cierto cosmopolitismo
pero la realidad fue muy diferente e implantó un sistema de occidentalización
urbana frente a un brutal atraso campesino. Fue la entrada de los ingresos del
petróleo y la urbanización las que fueron perfilando el Irán de la segunda
mitad del siglo XX, y la migración masiva del campo a las ciudades en los años
70 (llegaba a la mitad de la población del país) los que generaron la masa que
apoyaría la Revolución.
La
originalidad del chiismo de Jomeini frente al tradicional será politizarlo
hasta el punto de hacer del Islam una identidad política frente al régimen
laico, represivo y corrupto del sah. Y para ello implantó un régimen del terror
que supuso la ejecución masiva del funcionariado anterior, la confiscación
masiva de bienes (este asunto es trascendente para comprender una de sus
mayores bazas para resistir) y el envío al exilio de cientos de miles de
iraníes. Un movimiento político mucho más propio de las revoluciones políticas
y sus periodos de terror, venganza y empoderamiento, que un movimiento
religioso de “purificación” de la sociedad. Y todo ello en un contexto de
gestión de un país complejo, no sólo en cuestión política y religiosa, también geográfica
y étnica: el 40% de la población no es persa (es turca azerí, turcomana, kurda,
árabe…).
Me
he permitido esta breve introducción previa a la situación actual para ahora ya
plantear de manera conceptual la dificultad de gobernabilidad de Irán.
Y
es que el planteamiento que podemos ver hoy por el cual las protestas que
comenzaron el pasado 28 de diciembre en la región de Ilam, en la frontera con
Irak, cuya población es mayoritariamente kurda, y que ya se han extendido a otras
ciudades como por ejemplo al emblemático Gran Bazar de Teherán, llevarían a la
caída del régimen de la República Islámica y la restauración de la monarquía de
la mano de Reza Pahlavi, el hijo del último sah, es sencillamente disparatada o
en el mejor de los casos un proyecto inviable.
Han
sido factores sociales y económicos fundamente los que han generado protestas en
la última década tras las consecuencias de las sanciones internacionales
impuestas a Irán desde 2012; si bien entre 2000 y 2012, la economía iraní
experimentó un crecimiento medio anual del 4,4 %, entre 2013 y 2025, el
crecimiento económico medio se ralentizó hasta el 1,9 %. En estas el rial iraní
ha perdido un 40% de su valor frente al dólar y la percepción de pérdida de
calidad de vida es generalizada, provocando un pesimismo y una sensación de
declive cada vez mayor.
Este
es el contexto que moviliza a elementos de todos los grupos sociales -contagia
a las diferentes percepciones de la realidad más allá de la económica, también políticas
y de libertades- a cuestionar la autoridad y la legitimidad de la República
Islámica. Esto incluye a la población joven y su hartazgo de la imposición de
una moral religiosa que regula la vida cotidiana, siendo especialmente dura para
las mujeres. No obstante, los motivos han sido diversos, desde la inflación en
2017-2018, los precios de la gasolina en 2019, o la muerte en 2022 de Mahsa Amini, que
dio lugar al movimiento "Mujer, Vida, Libertad".
Estos
días en Irán las protestas se achacaron inicialmente al descontento contra el ejecutivo
de Masoud Pezeshkian, no tanto contra el régimen en su conjunto ni contra el
ayatolá Ali Jamenei, pero se empieza a dar por hecho que se trata de una
revuelta contra todo el sistema al que se achaca el encarecimiento y escasez de
bienes y materiales básicos, el desempleo juvenil, su frustración y falta de
expectativas, que incluye la reclamación de transformación social en el ámbito
de las libertades y la moral. En suma, un cambio sistémico completo.
Pero
llegados a este punto nos encontramos con una lectura generalizada desde
Occidente con entusiasmo de EEUU e Israel por la cual la aparición de alguna
simbología monárquica y el paso al frente que ha dado Pahlavi aprovechando la
debilidad del resto de la oposición al régimen sería una muestra del deseo del
pueblo iraní de volver al régimen anterior a la Revolución. Y nada más lejos de
la realidad, hoy la monarquía en Irán no tiene ni apoyo popular ni menos estructuras
capaces de lograrlos. Pero, de hecho, el que Pahlavi llegue de la mano de Benjamín
Netanyahu y Donald Trump y que no mostrara rechazo alguno a los ataques de este
en la pasada guerra de los 12 días (13 al 24 de junio de 2025)
en la que murieron cientos de civiles iraníes tras los bombardeos israelíes, le
hacen un personaje difícilmente encajable en la opinión pública del país.
Opositores
interiores como Narges Mohammadi y Mostafa Tajzadeh, o en el exilio como Shirin
Ebadi o Masih Alinejad están en horas bajas y ello ha impulsado la idea desde la
diáspora iraní (vinculada al pretendiente a sah) de EEUU, Reino Unido o Francia
a reivindicar la solución de vuelta al antiguo régimen. Ni que decir además,
las consecuencias de revancha, venganza y reversión del estatus jurídico y de
la propiedad privada que ello podría generar.
En
realidad, estamos ante un burdo intento de aprovechamiento y capitalización de
las justas demandas contra el régimen por parte de sectores interesados en dominar
el poder, en este caso de la mano de una institución que ya lo ha tenido y
reclama su legitimidad para retomarlo. Pero este no es un sujeto político
presente realmente en la sociedad iraní y el intento de imponerlo tendría
consecuencias desastrosas e imprevisibles para todo Oriente Medio.
Este
es otro de los problemas clave: no hay a día de hoy una alternativa del control
de Irán realista al margen del régimen actual y en caso de subvertirlo tendría
que hacerse contando con él forzándolo a una transición que difícilmente podrá
ser democrática y pacífica.
Tampoco
es un secreto (lo publican medios israelíes) el trabajo de los servicios de inteligencia
de Israel por promover la figura del príncipe heredero exiliado Reza Pahlaví, y
lo que es más grave, provocando que la República islámica aproveche esta circunstancia
para presentar las manifestaciones como una conspiración extranjera y no como
una crisis estructural del sistema.
Y
así llegamos al día de hoy: EEUU amenaza con ataques inminentes, pero a esta
hora el Estado iraní aún mantiene intacta su amplia estructura burocrática,
política, financiera, productiva y de seguridad, tanto militar como policial y
de emergencias, así como una fuerte base de apoyo entre la ciudadanía.
Vamos
a ver cual es el desenlace de la crisis actual: Irán necesita superar un
régimen criminal sin ningún tipo de paliativo, pero no puede hacerlo al precio
de hipotecar su futuro por décadas y suponer una amenaza de desestabilización y
guerra para toda la región de Oriente Medio que con el binomio Trump-Netanyahu
en un contexto de crisis global parece condenado a cambios traumáticos de
gravísimas consecuencias.
Como
añadido: esta crisis está teniendo elementos forzados y precipitados hasta el
punto de no tener todavía la capacidad de hacer una foto con perspectiva
suficiente para encuadrarla en el contexto global como para situar a otros
actores determinantes como pueden ser China, Rusia, Turquía…
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Viñeta: Le Debat - France 24 - l'Iran : le régime mis au défi.
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