Este libro será un texto decisivo en el estudio histórico del reinado de Juan Carlos I, pero también de su persona. Charles Powell ya ha trabajado la figura y es evidente su familiaridad y dominio de ella. Y debe agradecerlo el Emérito, aparece justo después del lamentable autobiográfico Reconciliación, todo un ejemplo de cómo la pérdida completa del sentido de la realidad puede hacer a una personalidad histórica aparecer como un individuo rencoroso hasta el punto de ofrecerse a deteriorar y perjudicar la acción como rey de su heredero Felipe VI y aparecer ante los españoles como un estorbo. Por si fuera poco, el Emérito reclama una generosidad de los españoles no reconociendo la inocencia y buena fe con la que estos le han tratado hasta el punto de haberle dado la presunción de “perfección” y el beneficio de la invulnerabilidad y visto bueno a todo lo que ha hecho durante décadas. Sin embargo, un reconocimiento a su reinado como es este El Rey Juan Carlos I y la proyección exterior de España de Charles Powell (Ed. Galaxia Gutenberg) era necesario.
No
obstante, los españoles estamos obligados a reconocer a Juan Carlos I por sus
hechos como Rey y ello hace conveniente que acabe su vida en España y sea
despedido con honores y reconocimientos de Jefe de Estado.
Escrito con enorme pulcritud histórica y seriedad es fruto de entrevistas y conversaciones del autor con todos los actores disponibles, incluido el propio Juan Carlos I -también de estudio y documentación, la presencia de otros autores es constante- y aunque por su extensión, 933 páginas, y trato del asunto no será una lectura para todos los públicos, sí servirá para nutrir muchas opiniones, pero también da para explicar y contextualizar de forma veraz “chascarrillos”, si se quiere.
Un
asunto de entrada fundamental:
“La
evidencia que se presenta aquí sugiere que don Juan Carlos había decidido
conducir a España hacia un sistema de gobierno democrático varios años antes de
ocupar la jefatura del Estado, algo no muy sabido en aquel entonces, y que
sigue cuestionándose hoy día. Como veremos, esta decisión estuvo motivada en
buena medida por una percepción cada vez más clara de la necesidad de que el
sistema político español fuese convergiendo con los de sus grandes socios
europeos.”
Y
una conclusión clave:
Juan
Carlos I ha jugado un papel muy destacado y positivo en las relaciones Exteriores
de España, tanto en su normalización ante el cambio de régimen como en su
asentamiento posterior.
“siempre
tuvo muy clara la importancia de que las principales democracias europeas,
sobre todo Alemania y Francia, reconociesen sus deseos de establecer en España
un sistema político homologable a los suyos, entre otros motivos porque de ello
dependería su posible adhesión a la CEE y su integración en la OTAN.”
El
Emérito aparece en la obra como un hombre calculadamente campechano, de
formación y personalidad que huía de la erudición o alta cultura centrándose en
el deporte y las relaciones públicas como le correspondía en sus funciones a ojos
de las élites españolas de su tiempo. Esto es importante, tanto antes como
después de la Constitución de 1978 (cambio sustancial de funciones y poderes) sus
dotes para tener gran familiaridad con diversos actores internacionales fueron
determinante en el cumplimiento de su función diplomática y cultural. En este
sentido la obra servirá además como referente respecto a cómo han actuado las
monarquías representativas europeas en ese periodo, y se agradece porque al ser
actividades no reguladas ni supervisadas no es un tema muy conocido, menos documentado.
Visto
por varios observadores internacionales en su personalidad como simple, pero también
por otros de mandatario dotado de sagacidad y sentido político.
Hay
momentos sorprendentes, testimonios como este de Orianna Falacci tras la boda
de Juan Carlos y Sofía: “Conozco a esos dos imbéciles. Los entrevisté en Atenas
antes de su estúpida boda y están cortados por el mismo patrón que Franco. No
es casualidad que vayan a ser rey y reina de España cuando se muera el Asesino.
Son protegidos suyos. Juan Carlos es un robot del dictador totalmente estúpido.
No tienes más que mirarle a la cara, los ojos, y antes de que hable ya te
percatas de lo tonto que es.”
Cuestiones
como su actividad sentimental y sus consecuencias aparecen, incluso plasmando
la preocupación en las autoridades españolas en algún momento por cómo podían
afectar a su cometido, pero obviamente desde ese punto de vista y sin ningún
ánimo “chismoso”.
Juan
Carlos I en democracia habría tenido mejor relación con los presidentes del
gobierno de la Izquierda que con los de la Derecha, el motivo: puso más interés
y esfuerzo en ello por saber que serían más reticentes ideológicamente a él
como monarca.
Con
Adolfo Suárez la relación habría sido excelente y de colaboración en el ritmo
democratizador (motivo por el que fue despedido como Secretario General de la
Casa Alfonso Armada y sustituido por Fernández Campo) hasta que en 1981 la
debilidad del gobierno y la actividad terrorista en España acabó con ella. El
rey reprochará después la incomprensión de Suárez hacia las Fuerzas Armadas
(estos datos después de leer Reconciliación tienen otro significado). En
materia Exterior entre muchas otras la intervención del rey fue clave en la Crisis
del Petróleo de 1979, ya lo había sido en la de 1973.
Leopoldo
Calvo-Sotelo sí dejó gran protagonismo y actividad en las relaciones Exteriores
a la monarquía, su acción dedicada de lleno a la complicadísima situación española
tras el 23F obligaba a ello.
Con
Felipe González la frenética actividad Exterior de su gobierno (Entrada de España
en la CEE en 1986, integración en la OTAN, Convenido Bilateral con EEUU, Conferencia
de Paz de Oriente Medio, Expo’92 y Olimpiadas, Cumbre Iberoamericana… contribuyó
a una gran relación incluido en lo personal).
José
María Aznar, “Bigotes” para Juan Carlos I, la relación comenzó por no
soportarse hasta el punto de haber sido motivo de celebración para el monarca
su derrota electoral frente a Felipe González, fue mejorando hasta que la mayoría
absoluta (2000-2004) y el giro atlantista del gobierno con decisiones como la
intervención en la Guerra de Irak dejaron al rey entonces descolocado.
La
llegada de José Luis Rodríguez Zapatero le devolvió protagonismo y tuvieron una
buena relación de inicio, (cambio de relación con Marruecos y con EEUU, el
famoso “¡Por qué no te callas!” a Chávez en la Cumbre Iberoamericana 2007…) aunque
la situación política Interior (Estatut catalán o la Recesión de 2008) quitó
protagonismo a la política Exterior.
Con
Mariano Rajoy y a pesar de su voluntad de colaborar en la acción económica logrando
inversiones o acuerdos fuera del país, la situación personal del hoy Emérito
acaba en su abdicación recibida con alivio por los españoles. A este último punto
le dedica un capítulo completo.
Muy
interesantes cuestiones como la relación con Israel. “el fin de una anomalía”, simple
y llanamente entrar en la Comunidad Europea obligaba a establecer relaciones
diplomáticas con Israel. El papel de Juan Carlos I en conversaciones con todos
los actores, incluidos dirigentes árabes y como hace de interlocutor entre Felipe
González y estos serán decisivas.
Volviendo
a Marruecos, Charles Powell le atribuye a Juan Carlos un sentido de pragmatismo
que hoy puede ser poco comprendido y que no descarto acabe siendo objeto de
debate en la sociedad española incluso hoy, por ejemplo barajando la hipótesis
de entregar un día Ceuta y Melilla a Hassan II justo después de su actuación en
el Sahara en 1976. El autor sostiene que en aquel episodio Juan Carlos actuó motivado en
favor de la unidad de las Fuerzas Armadas y una transición pacífica a la
democracia.
También
por haber declarado Marruecos su no reclamación de Ceuta y Melilla mientras Gibraltar
fuera británico, Juan Carlos comunicó al Reino Unido de Margaret Thatcher
que España no estaba interesada en la colonia. Por cierto, esta no se lo creyó
y reforzó la defensa militar gibraltareña.
Episodios
hoy como el regalo del rey de Jordania de la Mareta, la finca de
Lanzarote, la traslada a Patrimonio Nacional y pasa a ser propiedad del Estado para
su mantenimiento y suya para su disfrute, o los 100 millones de dólares que
recibió… quedan como las cosas que ahora ya no pueden sorprender a nadie, pero
conviene recordar que entonces ni se planteaba la idea de hablar abiertamente
de ellas. Esas son la generosidades a las que me refería que difícilmente podrá
ya agradecer aunque debería reconocer.
La
situación de Juan Carlos I hoy lejos de España y su mezcla de nostalgia y
rencor es un asunto que la sociedad española tiene que afrontar, Charles Powell
lo ha hablado con él en Abu Dabi y hace más valioso si cabe este verdadero
documento histórico que es El Rey Juan Carlos I y la proyección exterior de
España de Charles Powell. La voluntad del Emérito es ser enterrado con honores
en España.
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