La civilización judeocristiana. Historia de una impostura, de Sophie Bessis. Filosemitismo como reflejo invertido del antisemitismo.

La civilización judeocristiana: “… en la categoría de las verdades alternativas (…) Por eso conviene deconstruirla, precisamente cuando se ha convertido en un objeto temible en manos de una extrema derecha que busca imponerse a ambos lados del Atlántico, en Europa occidental y en Norteamérica, y ahora también en Israel, donde Benjamín Netanyahu lo usa para erigirse en defensor de la civilización judeocristiana frente a la barbarie musulmana.”

Estamos ante un libro necesariamente polémico del que considero que sólo por el desarrollo que hace, tanto de forma histórica como en la actualidad del concepto de antisemitismo invertido merece la pena la reflexión. Su particularidad no está en descubrir nuevos conceptos pero sí en como los trae a día de hoy. Hago pues reseña tal cual del libro.

Sophie Bessis, historiadora y periodista especializada en el mundo árabe y África (fue redactora jefe de Jeune Afrique) como en las relaciones entre el Norte y el Sur del Mediterráneo, en este La civilización judeocristiana. Historia de una impostura (Ed. Gatopardo, 2026) denuncia lo que ha sido un intento de Europa, desde que se formó como tal y trazó sus fronteras, de desestimar todo lo que le vincula a Oriente en la construcción de su personalidad. La manipulación se remonta incluso a referencias bíblicas, pero será decisiva la contribución que el nazismo y el genocidio judío tendrá en ello, según la autora con la complicidad de toda Europa “y su prolongación que es Estados Unidos”.

Prueba de ello sería el hecho de que hasta 1962 (sentencia del juicio a Adolf Eichmann) los europeos no asumieran como una culpa y responsabilidad colectiva propia el genocidio judío, sustituyendo Occidente el antisemitismo por una judeofilia oficial que “parece un inquietante reflejo de aquel”.

Así llegamos a 1980 en el que el término judeocristiano pasa a ser común y de uso generalizado, aunque desde la Ilustración con la adquisición de derechos civiles los judíos comenzaban a dejar de percibirse como la encarnación de lo oriental, diversos autores en el siglo XIX y el XX profundizarán en la asimilación de lo judío a lo Occidental (aunque el odio, ahora ya como fenómeno europeo, estará presente hasta después de la Shoah).

Para “recuperar la inocencia” Occidente recurrirá a dos estrategias:

Uno, la creación del Estado de Israel y la defensa incondicional de su expansionismo, y dos, difundir y popularizar el término judeocristiano hasta convertirlo en sinónimo de civilización occidental. Pero ojo, la nueva identidad colectiva se da incorporando al judío apropiándose el occidental del carácter universal que tiene el mensaje de aquel. (Anteriormente la cristología ya había realizado históricamente una “teología de la sustitución” dotando al cristianismo de la legitimidad inicial judía)

Insertado en el núcleo duro de la identidad occidental, lo judeocristiano permite a Occidente encubrir parte de su historia y excluir al islam de la modernidad a pesar de ser la tercera religión de revelación abrahámica y tener una interrelación además de religiosa histórica, siendo lo musulmán parte indiscutible del entramado cultural a todos los niveles de las tres en cuanto elemento identitario de Occidente. Sin embargo, y salvo excepciones, la literatura y el pensamiento europeo han exhibido una idea negativa de lo musulmán que va más allá de la lógica competencia histórica. Antes de 1830 el componente religioso había sido clave en ese rechazo, pero entonces aparece otro argumento: “servir al imperialismo europeo y la colonización. Como era la religión mayoritaria de los pueblos que vivían en la orilla sur del Mediterráneo, es decir, al sur de la civilización, el islam debía ser relegado al estatus de alteridad inalterable (…) quedando marcado como esa religión de la que había que liberarse para ascender en la escala de la humanidad.”

Así la negativa europea a aceptar su faceta oriental ha caracterizado la construcción progresiva de su historia.

En las últimas décadas Francia sería un ejemplo extremo al respecto a pesar de su gran población musulmana, pero se impone la idea de, el comunitarismo musulmán, al contrario que el judío, pone en peligro la República. Bessis incluso denuncia como Macron reconoce a Israel (a través de Netanyahu) como legítimo representante de los judíos franceses. Eso sí, ello también les asigna una doble identidad y ello conecta con el viejo antisemitismo aunque no sea consciente: un judío antes de ciudadano de un país (en este caso Francia) es ante todo un judío.

Así, el acendrado filosemitismo de la política europea y norteamericana, incluida la extrema derecha, funciona como un reflejo invertido del viejo antisemitismo.

Pero atención, a este objeto han contribuido los Estados de la región árabe-turco-iraní, que lo han utilizado sistemáticamente para justificar su nacionalismo y su lucha contra Israel. Sería la “conspiración judeocristiana” creadora del Estado hebreo. (La expresión la habrían creado los ulemas otomanos en la década de 1920 para explicar la caída del califato).

Curiosamente el uso generalizado del binomio judeo-cristiano en el mundo árabe-musulmán, por un proceso inverso al occidental, les ha servido para “expulsar” su parte judía (por convivencia histórica e influencia indiscutible) al convertirlo en un hecho cultural exclusivamente occidental acabando así con otros conceptos como judeoárabe o judeomusulmán.

Por su parte la entrada de las élites judías en la modernidad europea en el siglo XIX cambió su imagen de sí mismos renegando por completo de sus correligionarios orientales por considerarlos ajenos a ellos. Ya en El estado judío Theodor Herzl insistía en el carácter exclusivamente europeo y abiertamente colonial del proyecto sionista.

En 2017, Benjamín Netanyahu decía ante dirigentes europeos: “Formamos parte de una cultura europea (…) Europa termina en Israel”. Esta idea de Israel como avanzadilla de la civilización judeocristiana aunque durante mucho tiempo fue marginal para los judíos, hoy es clave para la extrema Derecha supremacista en su necesidad de transformar los viejos conflictos históricos y religiosos al terreno de la guerra de civilizaciones y así el Israel de Netanyahu tiene mucho más en común con la revolución reaccionaria en Occidente o el nacionalismo de Narendra Modi en la India que con el mundo judío histórico.

La culpabilidad europea que le llevó al filosemitismo que, explica Sophie Bessis, ha alcanzado su cenit tras la matanza perpetrada por Hamás el 7 de octubre de 2023, y en el que la atroz reacción del poder israelí no ha hecho mella, sino todo lo contrario proponiendo una implacable represión contra quienes la han denunciado tildándolos de antisemitas. Y añade: el filosemitismo esconde razones tan peligrosas como sus viejas antítesis por defender la misma premisa, el carácter excepcional de la identidad judía.

El judío nunca es como los demás, jamás será un ser humano normal y corriente, merecedor de la sana indiferencia de sus contemporáneos. Antaño objeto de oprobio, marcado por una culpa que nada podía expiar, hoy se ha transformado en un ser ontológicamente inocente, y nada, ningún crimen que se cometa en su nombre, logrará poner en duda su inocencia.”

En la campaña electoral de 2024, Donald Trump les dijo a los judíos norteamericanos que Netanyahu era “su primer ministro” bajo la idea que debían lealtad antes a Israel. Otra vez la idea de no pertenencia que trataba anteriormente. De esta forma los judíos del mundo son prisioneros de su asimilación a un país donde no están ni la mitad de ellos. Y aceptar esto implica conllevar que lo que haga Israel lo hace en nombre de todos ellos con el peligro que ello conlleva y la oposición que a ello muestran muchos judíos.

Así este La civilización judeocristiana. Historia de una impostura (Ed. Gatopardo, 2026) a modo de epílogo observa:

Parece que la brecha entre judíos e israelíes empieza a agrandarse no aceptando esa identificación a día de hoy y el apogeo del fundamentalismo mesiánico israelí encontraría más oposición en Occidente (aunque de momento no afecta a su relación por acción de sus representantes.

“Hoy, ese famoso pueblo judío (se refiere al que se asocia con Israel) que tanto tiempo estuvo perseguido ha pasado a ser, para casi toda la opinión pública mundial, un pueblo genocida, por culpa de un Estado que se erige en su representante, llegando así al colmo de la infamia”.

Como no podía ser de otra forma, el libro termina llamando a “volver a anudar los lazos que entre todos han roto para reconciliarnos con lo vivo y lo real”.

La edición de Gatopardo con traducción de Juan Manuel Salmerón Arjona se traduce en un librito que se ajusta a la perfección al tipo de lectura de ensayo rápido y breve, incluye alguna ilustración.

El lector si ha llegado hasta aquí ya se ha dado cuenta que estamos ante un planteamiento que deja dudas y debate abierto, pero ahonda en cuestiones que lo requieren frente a la simplicidad con la que se trata el tema de Israel y los judíos, máxime en un contexto de masacre y destrucción como la que ha sufrido Palestina a manos del Israel de Benjamín Netanyahu ya coronado como uno de los criminales de guerra más implacables de nuestro tiempo.

Sobre temas relacionados encontrarán numerosas reseñas de libros y también artículos míos en El Polemista.
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