Dentro de la estrategia continental de Trump, Venezuela en su primera fase no parecía demasiado complicada, la excusa del narcotráfico le daba “legitimidad” aunque no legalidad. Este punto era clave por dos motivos inmediatos: puede generarle problemas legislativos y judiciales, y la opinión pública norteamericana no tolerará un precio en vidas estadounidenses. Esto último hace que los ataques no pueden ser “pisando tierra” ni en enfrentamientos cuerpo a cuerpo.
El
primer cálculo de la operación total fue forzar por medio de la coacción la
caída del régimen bolivariano y su sustitución por una pseudodemocracia bajo su
protección, para ello debía bastar con la amenaza real y directa de la
presencia militar y su actividad localizada en pequeñas acciones como la
destrucción de embarcaciones o ataques selectivos. No fue suficiente.
El
segundo y de mayor riesgo era una operación militar de captura-secuestro de Nicolás
Maduro y bombardeo de posiciones que provocara un golpe de Estado y la caída
del régimen. Tampoco este ha tenido éxito salvo en la detención de Maduro.
Por último, y de momento, se opta por mantener al régimen en el poder bajo la amenaza buscando una “cooperación” militar en la lucha contra el narco que permita la acción armada a la carta y compartir la extracción y explotación del petróleo excluyendo a China de ello, uno de los objetivos fundamentales. Hasta aquí Trump adapta el Relato para convertirlo en un éxito (post anterior EL POLEMISTA: Día después en Venezuela: no ha cambiado nada. ¡Es el relato idiota! Por Jorge Navarro Cañada. ).
La
cuestión ahora consiste en una vez logrado un acuerdo similar al alcanzado en
Nigeria en 2025 llevar a cabo una gestión similar a la que se realizó en Kuwait
tras la invasión de Iraq en 1990. Una vez expulsado el ejercito de Sadam
Hussein enviar a la industria petrolífera texana a reponer los daños en la
explotación petrolífera. En cuanto a la gestión judicial de Maduro se utilizará
la experiencia de Noriega y la intervención en Panamá en 1989.
¿Qué
puede salir mal? En primer lugar y sobre todo: el régimen venezolano no es tan
centralizado como pueda parecer, se compone de elementos muy diferentes y la
nueva situación hace inviable su control por un poder bolivariano al servicio
de Trump salvo que se asuma una campaña militar permanente, cara y con muchos
reveses a largo plazo, incluidos los de popularidad en EEUU. No olvidemos que
entramos en año electoral (Legislativas del 3 de noviembre) previas a la
carrera por 2028.
Pero
además es que Venezuela no sólo carece de los medios para explotar el petróleo,
es que las características de este hacen poco viable ¡y menos rentable! un
operativo similar al que se empleó en Kuwait.
Tampoco
parece que el juicio a Maduro vaya a ser tan sencillo como “liquidar” a un
delincuente como Noriega que además venía del propio ejército norteamericano.
Es
de suponer que Donald Trump crea que el Relato le va a seguir funcionando, pero
doblar la apuesta como ha hecho en una planificación desastrosa y precipitada
de su nueva doctrina para América a día de hoy parece poco creíble.
Y
además piensa abrir nuevos frentes en todo el mundo, ¿el próximo Groenlandia?, y
EEUU ya no es el gendarme del mundo ni los norteamericanos están dispuestos a
serlo, máxime cuando el trumpismo y MAGA se basaban precisamente en dejar de
serlo.
Viñeta de Elmer.

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